Izquierda
Resistencia popular

Rebelión en el corazón del imperialismo norteamericano

Estados Unidos se encuentra en llamas. El brutal asesinato racial de Gerge Floyd fue el detonante de una rebelión nacional que tomó por sorpresa a la clase dominante. Esta situación abrió una nueva situación en el corazón del capitalismo. E irradia su influencia hacia un mundo en crisis por la pandemia del coronavirus. Ahora se presentan movilizaciones antirraciales en París, Berlín, Londres y otras ciudades son los primeros ecos de esta onda expansiva.

(FOTO): I can’t breathe (No puedo respirar), últimas palabras de Gerge Floyd antes de su muerte. Foto de RTVE

Redacción El camino prensa

elcamino@gmail.com

Actualizado el 08/06/2020 a las 01:33

Extracto del articulo de Claudia Cinatti

Todo sucedió de manera vertiginosa. El 25 de mayo George Floyd, un hombre afroamericano de 46 años que había perdido su empleo por la crisis del coronavirus, fue arrestado por cuatro policías blancos en Minneapolis, supuestamente por haber pagado con 20 dólares falsos. Uno de ellos, Derek Chauvin, lo asfixia con su rodilla durante casi nueve minutos, mientras sus compañeros de andanzas lo observan.

Esas imágenes de racismo explícito e intolerable, que se replicaron hasta el cansancio en redes sociales y pantallas, encendieron la ira popular, reactivaron al movimiento Black Lives Matter y empujaron a las calles, de manera más o menos espontánea, a una multitud multiétnica e intergeneracional, con jóvenes afroamericanos, latinos y blancos en la primera línea. A pesar de que la AFL-CIO no ha movilizado –y aún tiene en su organización a los sindicatos policiales que sirven para proteger a los policías violentos y racistas– hubo síntomas más que alentadores, como el ejemplo de los choferes de buses de Nueva York que se negaron a transportar a los detenidos.

Trump y los demócratas habían comprado paz social en medio de la pandemia con un paquete de estímulo de 2 billones de dólares, que si bien mayoritariamente estuvieron al servicio de rescatar a los capitalistas –de ahí el jolgorio de Wall Street a pesar del coronavirus– una parte fue destinada a aumentar el seguro de desempleo y a repartir cheques de hasta 1.200 dólares a quienes tienen ingresos menores de 75.000 dólares anuales. Pero la situación estalló por otro lado.

Las últimas palabras de Floyd –“No puedo respirar”– se transformaron en bandera de un imponente movimiento de protesta, que se fue masificando con el correr de los días y la represión estatal. Decenas, o quizás cientos de miles, se vienen manifestando en casi todas las ciudades de los Estados Unidos, con distinto grado de violencia y radicalidad.

El presidente apeló a la polarización y a la represión con un discurso de “ley y orden”, y esto fue en sí mismo un elemento de radicalización. Trump actuó como un provocador frente a las movilizaciones y sumó varios litros de combustible al incendio. Calificó a los manifestantes de “matones”. Tuiteó livianamente “si empiezan los saqueos empiezan los disparos”, una frase de Walter Headley, el jefe racista de la policía de Miami durante la década de 1960 que había declarado la guerra contra los barrios afroamericanos para lidiar con el movimiento de los derechos civiles.

“Sin racismo no hay capitalismo”, palabras más o menos decía Malcom X a mediados de la década de 1960. No le faltaba razón. Efectivamente, el racismo está inscripto en el ADN del capitalismo norteamericano y su Estado.

Toda analogía histórica es imperfecta, pero en sus diferencias ayuda a comprender el momento actual. La rebelión en curso no es una creación ex nihilo. Es el precipitado de procesos que se vienen acumulando en los últimos años y que se vieron agravados por las consecuencias sociales y económicas provocadas por la pandemia del coronavirus, que encontraron en el crimen de Floyd un punto de inflexión.

Entre la contención reformista y la radicalización

protestaestadosu

Un manifestante sostiene una bandera estadounidense quemada durante una protesta en en St. Louis, Missouri, Estados Unidos. | Foto: Lawrence Bryant / Reuters

El movimiento de protesta abrió una crisis de magnitud en el gobierno y dejó expuestas las fracturas en la clase dominante y el aparato estatal. Trump amenazó con enviar al ejército a reprimir las movilizaciones pero fue desautorizado por el jefe del Pentágono, Mark Esper, que rechazó de plano esta posibilidad. Lo mismo hicieron varios líderes del Partido Republicano que están abandonando el barco del experimento trumpista.

Ante la contundencia de la movilización, sectores centrales de la burguesía está ensayando la táctica de la cooptación, tratando de apropiarse de las demandas para reconducir el movimiento de las calles a las urnas y los canales institucionales.

El encargado de poner en marcha este “operativo contención” fue el ex presidente Barack Obama, que representa el rostro más amigable del establishment demócrata. En una nota pública, Obama abrió un diálogo con los manifestantes, llamándolos a cambiar las protestas por un tsunami de votos para el Partido Demócrata que barra a los republicanos no solo de la Casa Blanca sino de las cámaras del congreso, las gobernaciones y las legislaturas locales. Desde la Casa Blanca y en un cambio de manos del poder político a todos los niveles para poder implementar una reforma de la policía y la justicia.

Como se ve, hay mucha política burguesa para evitar un escenario de una radicalización mayor, pero aún el resultado está abierto. La estrategia “restauradora” de una supuesta “normalidad” pre Trump sintoniza muy mal con la evidente demanda de cambios profundos que viene manifestándose en el giro a izquierda de amplios sectores de la juventud, que mayoritariamente ven mejor al socialismo que al capitalismo y que han sido la base del fenómeno de Bernie Sanders en 2016 y 2020, en este caso con la ampliación de la coalición electoral a sectores significativos de latinos y afroamericanos. Es una generación que ya no cree en el “sueño americano”, entre otras cosas porque su corta experiencia vital está marcada por dos crisis capitalistas de envergadura histórica: la de 2008 y la de la pandemia del coronavirus.

Este cambio de situación también se expresó en una tendencia creciente de la lucha de clases, que en 2019 alcanzó su nivel más alto en décadas con las huelgas automotrices y docentes. Esa tendencia se continuó incluso en plena pandemia con las luchas de los trabajadores precarios “esenciales” por medidas sanitarias.

La frustración con Sanders, que pasó de prometer una “revolución política” a apoyar a Biden (y antes a Hillary Clinton) y la estrategia fallida del DSA (Democratic Socialist of America), el partido que atrajo a sus filas a miles de jóvenes pero actuó como una colateral del Partido Demócrata, hace urgente y concreta la conclusión de que es necesario un verdadero tercer partido de la clase trabajadora y los sectores oprimidos, un partido independiente que pueda organizar de manera consciente la lucha contra el racismo, el capitalismo y el Estado imperialista norteamericano, y se proponga luchar por el socialismo. En sí mismo, ese fenómeno político volcaría la balanza a favor de los explotados a nivel internacional.

Fuente: https://www.laizquierdadiario.com/Estados-Unidos-rebelion-en-el-corazon-del-imperio

503

Últimas Noticias